La política en el Cusco se ha convertido en un ejercicio de retórica estéril donde las promesas de desarrollo naufragan sistemáticamente en el mar de la incapacidad técnica. Mientras el discurso oficial de las autoridades regionales apela constantemente a la dignidad histórica y a un centralismo limeño como chivo expiatorio de todos los males, la realidad de las cifras desnuda una verdad incómoda: el enemigo principal del progreso cusqueño habita en sus propios despachos públicos. La alarmante incapacidad para ejecutar el presupuesto y la permanente inestabilidad de gestión están hipotecando el futuro de la región más emblemática del sur peruano.Es inadmisible que, contando con ingentes recursos provenientes del canon y asignaciones presupuestales históricas que superan los miles de millones de soles, el Gobierno Regional del Cusco muestre niveles de ejecución de inversión pública tan deplorables. A estas alturas del año macroeconómico, la parálisis en infraestructura básica, conectividad vial y proyectos de saneamiento elemental demuestra que el problema no es la falta de dinero, sino la severa carencia de cuadros técnicos idóneos y una alarmante miopía en la planificación estratégica. Las obras paralizadas a lo largo y ancho de nuestras provincias no son solo fierro y cemento abandonados; representan colegios que no se abren, hospitales que no atienden y oportunidades de empleo que se le niegan a miles de cusqueños. Esta ineficiencia administrativa se agrava con el ruido político y la fragilidad institucional que caracterizan a la gestión actual. El Ejecutivo regional parece más concentrado en la supervivencia política, la confrontación mediática y el cuestionamiento de procesos externos, que en liderar una agenda de desarrollo concertada. La alta rotación de funcionarios y las constantes denuncias de irregularidades operan como un freno de mano definitivo para las inversiones de envergadura. El costo de esta inestabilidad institucional lo paga directamente el ciudadano de a pie, atrapado en una economía regional ralentizada que no logra traducir la reactivación del turismo ni el potencial minero en bienestar real para las comunidades más vulnerables.Cusco enfrenta desafíos que exigen respuestas sostenidas y no paliativos demagógicos. La crisis de la gestión del agua, las demandas ambientales postergadas y la urgente modernización de la infraestructura turística de Machu Picchu requieren un liderazgo firme, técnico y despolitizado. No podemos seguir tolerando que las pugnas de poder y el clientelismo asfixien al aparato estatal. El Consejo Regional del Cusco debe abandonar su rol pasivo y ejercer una fiscalización rigurosa e implacable. Es hora de exigir un viraje radical en la conducción política de nuestra región. Las autoridades deben entender que la legitimidad no se sostiene con discursos confrontacionales, sino con obras concluidas y cuentas transparentes. De lo contrario, la historia y la ciudadanía juzgarán este periodo como el quinquenio de la gran oportunidad perdida.
Ineficiencia y demagogia: el costo de la parálisis política en Cusco
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