La reciente confirmación de la reapertura del Camino Inca, tras las inusuales y feroces lluvias de agosto que provocaron huaicos y el colapso de plataformas, nos deja un mensaje contundente sobre la mesa editorial: nuestra joya de la corona, el turismo, ya no puede planificarse con las certezas del siglo pasado. La vulnerabilidad de nuestra infraestructura vial y la urgencia de una gestión climática real exigen que miremos más allá de las temporadas tradicionales.
El esfuerzo conjunto de la Dirección Desconcentrada de Cultura de Cusco, el Sernanp y las comunidades locales por rehabilitar las rutas hacia Machu Picchu en tiempo récord merece un sincero aplauso. Sin embargo, reabrir los caminos el 5 de septiembre no soluciona el problema de fondo. Estamos siendo testigos de una preocupante paradoja climática. Mientras las lluvias de la última quincena causaban estragos y deslizamientos, los pronósticos científicos y las alertas de Indeci nos advierten sobre un inminente déficit hídrico para finales de año, provocado por las anomalías globales. Lluvias extremas y sequías prolongadas conviven hoy en la misma cuenca del Vilcanota.
El impacto no se limita al viajero que busca la mística de los Andes. Se traslada de manera directa al agricultor de nuestras provincias altivas, que observa con incertidumbre el retraso de sus siembras, y al ciudadano de a pie en distritos como Wanchaq o San Jerónimo, cuya seguridad alimentaria y acceso al agua potable dependen del equilibrio de este ecosistema.
Para una economía regional como la nuestra, profundamente ligada a su geografía, la inacción frente al cambio climático es el peor negocio. La Cámara de Comercio local ha sido enfática en el alarmante deterioro de la red vial en el Valle Sagrado. Si el Ministerio de Transportes y Comunicaciones (MTC) y el gobierno regional continúan reaccionando solo ante la emergencia —parchando carreteras cuando el cerro ya se vino abajo—, seguiremos ahuyentando las proyecciones de crecimiento.
Cusco no necesita más paliativos temporales; urge una reingeniería de su infraestructura pública. Los planes multianuales deben integrar de forma obligatoria la resiliencia climática y la protección de las microcuencas. Preservar la herencia de los incas no solo implica admirar sus muros de piedra, sino emular su sabiduría para gestionar el territorio respetando los ciclos del agua y la tierra. Si queremos seguir siendo el corazón cultural del continente, nuestras autoridades deben empezar a actuar con la previsión que el presente nos demanda. La naturaleza ya nos dio el aviso; la respuesta queda en nuestras manos.
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