El rugido de los Apus

El aire de nuestra milenaria capital histórica ya no solo se respira con la mística de los incas; hoy huele a humo, a pérdida y a una alarmante desidia. Mientras los titulares limeños y los debates de las recientes elecciones regionales se concentran en pugnas partidarias y discursos polarizantes, Cusco se consume en llamas. La declaración de estado de emergencia en 116 distritos de nuestras 13 provincias debido al inminente riesgo de sequía extrema no es una advertencia a futuro: es la constatación de una crisis climática y humana que ya nos golpea el rostro.

Detrás de cada foco activo en Sacsayhuamán, Calca, Anta o Espinar, se esconde una tormenta perfecta de factores estructurales que no podemos seguir ignorando. Por un lado, las proyecciones del Senamhi anticipan lluvias muy por debajo de lo normal, exacerbadas por un entorno global implacable. Por el otro, persiste la arraigada pero incontrolable costumbre de las quemas agrícolas, que ante pastos secos y vientos traicioneros se transforman rápidamente en trampas mortales. Pero el verdadero catalizador de esta tragedia es la asfixiante precariedad de nuestros recursos. Es inaceptable que un puñado de bomberos exhaustos, equipados a medias y apoyados por comuneros armados solo con baldes y mantas húmedas, tengan que hacer frente a emergencias que demandarían ejércitos de brigadistas capacitados.

Nuestras tierras agrícolas sufren, el ganado altoandino se queda sin pasto y la biodiversidad que sostiene el atractivo de nuestra región se reduce a carbón. Si la minería y los hidrocarburos muestran retrocesos significativos y la reactivación del turismo hacia joyas como Machu Picchu avanza a paso lento, destruir nuestro entorno natural equivale a hipotecar el único patrimonio que nos queda. No podemos darnos el lujo de mirar hacia otro lado.

La indignación debe dar paso a la exigencia. Las nuevas autoridades elegidas en las urnas y el Gobierno central no pueden limitar su labor a la firma de decretos burocráticos sobre el papel. Necesitamos con urgencia programas de tecnificación agrícola reales que ofrezcan alternativas sostenibles a los comuneros, presupuestos destinados de forma directa a la implementación de brigadas municipales operativas y un equipamiento digno para nuestros bomberos.

Los Apus están rugiendo a través del fuego. Ignorar su llamado no solo destruye los paisajes que el mundo entero admira; destruye la vida de los cusqueños que la habitan. Es momento de apagar los incendios de la tierra, pero, sobre todo, el incendio de la indiferencia estatal.

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