La paradoja del agua en Cusco: una inversión histórica frente a la urgencia climática

Cusco despierta este fin de semana con una noticia que promete reescribir su futuro urbano, pero que al mismo tiempo nos obliga a mirarnos crudamente en el espejo de la realidad regional. El anuncio del proyecto integral para asegurar el acceso a agua potable las 24 horas del día e inyectar una inversión sin precedentes de 1,429 millones de soles en saneamiento es un logro técnico innegable. Sin embargo, la paradoja salta a la vista: mientras la Ciudad Imperial planifica ductos y plantas de tratamiento para los próximos treinta años, las provincias sufren los embates de una crisis climática que avanza mucho más rápido que la burocracia estatal.

Esta semana, economistas y expertos locales lanzaron una dura advertencia para nuestra región. En pleno agosto de 2026, más del 70% de la superficie agrícola de Cusco aún depende exclusivamente de las lluvias para subsistir. En una geografía sometida a la variabilidad del Fenómeno El Niño y a sequías severas, esto no es solo un indicador macroeconómico; es una condena directa a la vulnerabilidad y pobreza de miles de familias rurales. El hecho de que solo el 24% de nuestras tierras cultivables cuente con infraestructura de riego tecnificado delata una desconexión histórica profunda entre el Cusco urbano, impulsado por el turismo y los servicios, y el Cusco rural que sostiene nuestra soberanía alimentaria.

El agua no puede seguir siendo tratada como un recurso sectorial o una promesa de campaña para las próximas elecciones regionales. Es el eje transversal que define nuestra supervivencia. El nuevo plan estratégico ‘Qosqo Unumanta 2026 – 2055’ es una excelente carta de navegación para el ámbito metropolitano, pero los diques y la descolmatación de ríos ejecutados de emergencia en provincias como Canchis, Calca o Quispicanchi demuestran que seguimos gestionando el territorio apagando incendios en lugar de prevenir desastres.

Celebrar los millones de soles asegurados para los reservorios urbanos es justo y necesario. No obstante, el verdadero desafío de liderazgo para nuestras autoridades radica en cerrar la brecha con el campo. Si no somos capaces de dotar de infraestructura hídrica resiliente a nuestros agricultores, de nada servirá tener los caños llenos en la ciudad si los mercados y las despensas cusqueñas se quedan vacíos. El agua debe unirnos, no profundizar nuestras fracturas coloniales.

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