Sección: Opinión

  • Los museos, la memoria y la historia

    Los museos, la memoria y la historia

    En las últimas semanas, el Lugar de la Memoria, la Tolerancia y la Inclusión Social, más conocido como LUM, ha sido mencionado en canales televisivos, plataformas digitales y otros medios, en medio de especulaciones sobre eventuales cambios en su enfoque institucional.

    Los lugares de memoria son fundamentales para la construcción de aprendizajes, diálogo y reconciliación

    Más allá de si esas versiones se confirman o no, el debate público abre una cuestión de fondo que interesa a cualquier gestor de las artes, el patrimonio y la cultura en el Perú: ¿qué tan expuestas están las instituciones culturales a la politización, venga esta de donde venga? Esta reflexión no significa tomar partido sobre la decisión de ningún gobierno en particular, sino que es una invitación a pensar en un problema que trasciende a cualquier institución o coyuntura: la relación siempre tensa entre memoria, historia y verdad.

    Si asumimos que las instituciones culturales pueden verse expuestas a este tipo de presiones, tendríamos que reconocer que museos, centros culturales o pinacotecas (por citar algunos ejemplos) no están exentos de politizaciones; es decir, que sus libertades para expresar opiniones, ideas o denuncias podrían verse mediadas por el filtro o las indicaciones de quien tenga poder de decisión sobre ellas.

    Para los experimentados, esto es casi una tautología. Los distintos gobiernos pueden decidir qué se cuenta de un hecho histórico y qué no, y cómo se hace. Pero ¿puede ocurrir lo contrario? Esto es, que un museo, por ejemplo, politice una exposición permanente en función de las ideas de su equipo directivo o de sus financistas privados. Pues también. Es importante aclarar que no aludimos al concepto “político” de manera general (todo, en algún sentido, es político), sino a la “politización” de los espacios culturales con fines ideológicos, venga esta del Gobierno, de la ciudadanía o de la propia institución cultural.

    Por tanto, el tema que abordamos no solo interpela la ética de la gestión cultural. Si fuera así, bastaría indicar que toda exposición debe hacerse con el mayor profesionalismo posible y que sus contenidos deben ser no solo creíbles, sino, sobre todo, verdaderos. La cosa no acaba allí: debemos ser conscientes de que quienes trabajan en el sector cultural son seres humanos, y como tales, cada uno tiene sus propias ideas e ideologías.

    Entonces, ¿cómo sabemos que serán capaces de redactar un texto o presentar una información sin influencia de su mundo interior? No lo sabemos, porque, hemos dicho, no somos máquinas, somos humanos. Ante ello, la honestidad profesional se vuelve urgente también en el sector cultural, como en todos, por la complejidad del trabajo que se realiza y la forma tan seria con la que la mayoría desea cumplirlo.

    Ahora bien, ¿qué pasa con el visitante de una exposición? ¿Qué le garantiza que lo que está leyendo, observando o reflexionando sea la verdad? Aquí hay una complejidad mayor. La persona puede conocer la historia de ese evento, haber leído mucho y tener una formación sólida en ello; y, además, puede tener memoria de dicho evento: en su juventud o adultez fue testigo de lo que se cuenta.

    Aquí aparecen dos conceptos que, a veces, resulta difícil de conciliar: la memoria y la historia. Toda persona que visita un museo lleva consigo ambas herramientas para entender la realidad. ¿Por qué podría ser difícil la conciliación entre la historia y la memoria? La respuesta simplificada es porque el mundo interior (memoria) y el mundo exterior (historia) no siempre coinciden. Se suele creer que ambas se complementan o se ayudan mutuamente, pero no siempre es así. Los lugares de la memoria enfrentan el reto de fomentar tanto el debate como el diálogo.

    Cabe entonces preguntarse si los espacios culturales corren el riesgo de generar distancia en lugar de reconciliación, incluso cuando esa no sea su intención declarada. Esto podría ocurrir cuando la dinámica de un espacio se inclina, aun sin proponérselo, hacia el debate antes que hacia el diálogo: el debate busca persuadir o vencer al otro señalando sus debilidades, mientras que el diálogo supone apertura genuina, con al menos dos condiciones mínimas: querer escuchar y buscar aprender. Ningún lugar de memoria está exento de esta tensión, y reconocerla es parte de su honestidad institucional.

    Los procesos de pacificación e inclusión son complejos pero esperanzadores. En países como Colombia, Ruanda o Irlanda del Norte, las cosas han tenido sus vaivenes. El Perú debe continuar transitando su propio camino de reconciliación. Es un camino complejo, lleno de espinas, en el que los lugares de memoria son fundamentales para la construcción de aprendizajes, de diálogo y, anheladamente, de reconciliación.

  • El alma de Tacna

    El alma de Tacna

    Juana Guisella Ticona Cohaila

    Senadora de la República

    Tacna, tierra heroica y bendecida por Dios, cumple hoy 97 años de regreso a la heredad nacional, siendo baluarte y ejemplo de peruanidad. Su historia está marcada por la resistencia cívica, cultural y social ante el proceso de chilenización que duró casi 50 años, hasta que el 28 de agosto de 1929 volvió al seno patrio.

    Por eso, cada vez que nuestra bandera va en procesión, a todos los tacneños nos embarga una emoción incontenible y miramos altivos el futuro de una tierra que nunca se doblegó ante el enemigo. Ese espíritu indomable tiene una prolija producción bibliográfica en los historiadores tacneños Jorge Basadre Grohmann y Luis Cavagnaro Orellana. A ellos se sumaron otros intelectuales contemporáneos que plasmaron la gesta de una Tacna jamás rendida.

    Ese amor patrio sin paragones tuvo a la mujer tacneña como protagonista. La historia deja evidencia de su inagotable lucha, fervor y coraje, luego que sus esposos e hijos cayeran en el campo de batalla. Aunque el plebiscito programado para 1910 no se llevó a cabo, el trabajo de estas aguerridas mujeres comenzó en 1897, integrando a distinguidas damas y teniendo como primera presidenta a la señora Carolina Vargas de Vargas. Hoy continúan con la noble labor dirigidas por la destacada profesora Rosa Amelia Mejía Cornejo.

    Declarada Benemérita en 1989 por el Congreso de la República, la Sociedad de Auxilios Mutuos de Señoras de Tacna mantuvo encendida la llama de la peruanidad durante todo el cautiverio. Un ejemplo de ese temple lo encarnaron maestras emblemáticas como Zoila Sabel Cáceres Barreda, Elvira Carbajal Salgado de Muñoz o Carlota Pinto de Gamallo, quienes, pese a las amenazas, siguieron enseñando la historia del Perú en plena ocupación.

    Así como ellas mantuvieron vivo el sentimiento patriótico en los niños y jóvenes que vivieron en cautiverio, hoy en día, a pesar de la falta de condiciones básicas en muchos colegios de la región, maestros y maestras siguen bregando para que las nuevas generaciones tengan una educación llena de civismo e identidad.

    Mi reconocimiento a la Benemérita Sociedad de Auxilios Mutuos de Señoras de Tacna, historiadores, magisterio tacneño y a todos quienes aportan con conocimiento, arte y cultura para que Tacna siga construyendo un sueño colectivo: tener un Perú mejor.

    Estamos a tres años de cumplir el centenario del retorno de Tacna a la patria y debemos renovar nuestros votos para buscar el progreso de nuestra región desde el lugar donde nos desempeñemos. Como docente, tacneña y ahora como senadora, plasmo mi compromiso por una Tacna y un Perú mejor.

    ¡Viva Tacna y viva el Perú!

  • Agustín Gamarra en la historia nacional

    Agustín Gamarra en la historia nacional

    Por Miguel Arturo Seminario Ojeda

    Responsable del Museo Electoral y de la Democracia de la DNEF del Jurado Nacional de Elecciones.

    El 27 de agosto de 1785, nació en la antigua capital imperial del Tawantinsuyo, Agustín Gamarra, personaje de la historia nacional, que falleció en Ingavi, Bolivia, el 18 de noviembre de 1841. Fue hijo del español Fernando Gamarra, y de Josefa Petronila Messía, cusqueña, nacida en 1755. Fue esposo de Francisca Zubiaga, y tras la muerte de ella, en 1835, casó en segundas nupcias con la argentina Juana María Alvarado.

    Estudió en el Colegio de San Buenaventura y después hizo estudios de Cánones en el San Francisco, abandonándolos por seguir la carrera militar. Este militar y político peruano, gobernó el Perú en dos ocasiones, primero entre 1829 y 1833, y después, entre 1839 y 1841.

    Como muchos peruanos y americanos, se enroló primero en el ejército realista en 1809, concurriendo a las campañas y batallas que se libraron contra los patriotas del Alto Perú, y contra los ejércitos del Río de la Plata. Estuvo bajo las órdenes de los futuros virreyes del Perú, Joaquín de la Pezuela y José de La Serna, gobernantes realistas que eran conscientes, que en esos tiempos, la idea de patria iba ganando paulatinamente a los peruanos y a los patriotas del continente, que terminaron defendiendo el ideal de la tierra en la que habían nacido, y asumiendo que la patria era América Hispana, y no solo el espacio de su nacimiento.

    Agustín Gamarra Patriota

    Haber combatido contra los hermanos Angulo y a Mateo García Pumacahua, no le resta méritos al, futuro patriota, pese a que esa participación le valió para ascender sucesivamente en el ejército fiel al monarca español, hasta alcanzar el grado de teniente coronel. Pese a pertenecer al ejército realista, poco a poco fue ganado por el sentimiento patriota, y al ser demasiado evidente, se le envió a Lima en 1820.

    Instalado el general San Martín en el Perú, se enroló abiertamente a la causa de la patria, el 24 de enero de 1821; estando Lima sitiada por el Ejército Libertador, Gamarra llegó a Lima, y luego se encontró presente el 28 de julio en la proclamación de la independencia, por lo que se le consideró posteriormente, digno de la Orden del Sol.  

    Estuvo en dos expediciones sobre la sierra central, con el Ejército Libertador; y también  en la campaña de Ica de 1822, en la primera tuvo un desencuentro con el general Álvarez de Arenales, porque no pudo cumplir lo ordenado para sorprender al general realista José Carratalá, y se pidió su baja del ejército, sin que el general San Martín tomara en cuenta lo solicitado por Álvarez de Arenales, solo se le suspendió 4 meses de la milicia, después de la derrota patriota en la acción de guerra  de la Macacona, en abril de 1822.

    Después del retiro del Protector de la Libertad del Perú, actuó en la Segunda Campaña de Intermedios de 1823, con el general Andrés de Santa Cruz, y cuando en setiembre de ese año el general Bolívar llegó al Perú, fue nombrado jefe del Estado Mayor, y con ese cargo participó en la Batalla de Ayacucho, contándose en esa ocasión con una gran contribución militar de su parte, porque conocía la geografía del Perú.

    Su actuación en el Perú republicano

    Bajo las órdenes de José de La Mar, presidente del Perú, participó en la Guerra contra la Gran Colombia, como Comandante general del Ejército peruano, y al final de la guerra, de acuerdo con los generales Antonio Gutiérrez de la Fuente y Andrés de Santa Cruz, derrocó al general La Mar en Piura, asumiendo la Presidencia del Perú, gobernando con gran autoritarismo; tras dejar el cargo, y por oposición con el presidente Luis José de Orbegoso, fue desterrado a Chile.

    En esos años, corrían vientos a favor de la unión política entre el Perú y Bolivia, que no era el propósito de la mayoría.  Contrario a Andrés de Santa Cruz y a Orbegoso, se opuso a la conformación de la Confederación Perú Boliviana, y fue derrotado en agosto de 1835, en la batalla de Yanacocha, saliendo nuevamente al destierro en Chile, desde donde regresó con un ejército chileno, derrotando a la confederación en la batalla de Yungay, manteniendo su propósito era anexar Bolivia al Perú, pero sin confederación.

    La realidad, vista desde el sur, era el fraccionamiento previo del Perú en dos estados, con el predominio de Bolivia, de esa manera se impediría que como ocurría generalmente, el Estado más grande que era el Perú, absorbiera a Bolivia, cuyos dirigentes buscaban un protagonismo mayor en Sudamérica. Gamarra ejerció con carácter provisorio la presidencia del Perú, siendo ratificado como Presidente Constitucional, por el Congreso reunido en Huancayo en 1839.  Gobernó hasta 1841, pues en otro intento de anexar Bolivia al Perú, invadió ese país, siendo derrotado y muerto en la batalla de Ingavi, el 18 de noviembre de 1841.

    La figura de Gamarra, está dentro de la historia nacional, su protagonismo se asocia a momentos decisivos en los años de la independencia peruana, y con los sucesos que se vivieron dentro del primer militarismo en el Perú republicano. Su nombre está en la memoria colectiva, y sin proponérselo, los creadores del gran espacio comercial de Gamarra, en Lima, han contribuido a ello.

  • Elogio de la escritura (a mano)

    Elogio de la escritura (a mano)

    Rubén Quiroz Ávila

    Decano de la Facultad de Ciencias Políticas y RR. I.I de la Universidad Científica del Sur

    Cada vez escribimos menos a mano alzada. Se torna un acto singular, rodeado de un aura de extrañeza. El trazo sobre el papel se convierte en una rareza, como una huella que lentamente se evapora del mundo al cual pertenecía. Durante milenios, la humanidad transformó la escritura en un acto de evolución epistemológica: las ideas y los relatos adquirieron en ella un medio extraordinario de registro y legado. Incluso, por siglos, el arte de escribir conquistó halos estéticos de belleza sublime, en el que caligrafiar a mano era tanto resguardar el conocimiento como compartirlo.

    Aunque la aparición de la imprenta favoreció exponencialmente la circulación de textos y permitió la eclosión de propuestas más variadas y disruptivas, ello no impidió que la escritura a mano subsistiera como una tecnología compartida en todas las capas sociales, sosteniendo esa impecable conexión neuronal que se activa al trazar cada palabra. Por eso, la educación constituía un entorno que la promovía de manera existencial. Los preciosos garabatos de la infancia emergían como signos del triunfo del aprendizaje y la persistencia por cimentar hábitos a través de la relación psicomotora con el papel.

    Son conocidas las enormes ventajas que señalan los estudios científicos sobre la escritura manual dentro de la panorámica que brinda la caligrafía personalizada, en la que el trazo es un ritual milenario expresado en instantes. Ante la furia de la velocidad algorítmica, aún queda ese espacio de intimidad absoluta. En estos momentos de teclados constantes y dedos deslizándose ágilmente sobre pantallas, escribir a mano se erige como una manera de hacer frente a la avalancha de automatizaciones antes de que lo olvidemos y se consume la desaparición histórica e irreversible del modo de pensar más transformador de la humanidad.

    Cada palabra que plasmamos en el papel posee una forma que la hace única; en esa hermosa lentitud se aprecia otra versión de la realidad. El pensamiento fluye con un ritmo pausado y armonioso, dedicado a una personalización opuesta a la estandarización de letras prediseñadas y mensajes masivos sin alma que, al ser colocados en plantillas despersonalizadas, resultan vacíos de emoción. ¿Acaso no hemos recibido mensajes de felicitación de cumpleaños idénticos para todos, redactados incluso con la misma tipografía?

    ¿Y desde cuándo no escribimos una carta a mano? ¿Cuánto tiempo ha pasado desde que redactaste en un papel, con afecto meditado, un mensaje dirigido a los seres que más quieres? Es momento de hacerlo, con el detalle de redescubrir la ternura y la cordialidad a través de cada buen deseo impregnado en tinta.

  • Un día dejamos entrar el aire fresco

    Un día dejamos entrar el aire fresco

    Ricardo Montero
    Periodista

    A inicios de la década de 1990, los periodistas todavía redactábamos en ruidosas máquinas de escribir, hablábamos por teléfonos fijos, tomábamos fotos con cámaras de rollo y envolvíamos las salas de redacción en nubes de humo generadas por los cigarrillos que consumíamos.
    En la redacción, unos 30 periodistas trabajábamos con puertas y ventanas cerradas para dejar afuera el invierno limeño, encerrándonos con un humo que no encontraba ni siquiera una rendija por donde escapar. Todos fumábamos. Los fumadores activos, fumaban. Los ocasionales, fumaban. Los que habían prometido dejar el cigarrillo, fumaban. Los resfriados, fumaban. Los que tosían, fumaban. Y hasta los que aseguraban que el cigarrillo los estaba matando fumaban mientras lo decían y respiraban con dificultad. Los pocos que no fumaban aspiraban nuestro humo. A las cinco de la tarde, ya no era una redacción. Era una nube.
    En 1986 — 40 años atrás—, el cirujano general de EE. UU., responsable de comunicar a sus conciudadanos información vital para mejorar la salud y prevenir enfermedades, reveló que “el tabaquismo pasivo es causa de enfermedades, incluido el cáncer de pulmón, en personas sanas no fumadoras”.
    Hoy, la Organización Mundial de la Salud (OMS) estima que el tabaco mata a más de 7 millones de personas al año, de las cuales 1.6 millones no fuman, pero están expuestas al humo ajeno. Lo contradictorio, según el mismo organismo, es que alrededor del 80% de los 1,200 millones de consumidores de tabaco en el mundo viven en países de ingresos medianos o bajos.
    En la redacción — y en las de otros medios— convivíamos con aire viciado ocho o diez horas diarias. Yo fumaba cerca de 10 cigarrillos al día, más de 3,600 al año. Y no me parecían muchos, porque, en los noventa, quien fumaba 10 diarios era considerado alguien que fumaba poco. Había compañeros, y también compañeras, capaces de encender un cigarrillo con la colilla del anterior.
    Pasaron los años. En 2006, pocos días antes de ingresar a una sala de operaciones, dejé de fumar. Pensé que sería una pausa que levantaría una vez que me sintiera sano. Pero pasaron los días, las semanas, los meses, y simplemente ya no fumaba. Comencé entonces a descubrir olores que antes no percibía. El café tenía aroma. Los libros tenían aroma. La lluvia tenía aroma.
    Dejar de fumar fue recuperar aire, olfato, energía, años de vida que se desvanecían entre humo y ceniza. Pese a esos beneficios, hoy vivo aferrado a un inhalador para mitigar un asma que, muy probablemente, avivé durante mis años de fumador. Recuerdo con nostalgia aquellas salas de redacción, pero, a la vez, siento alivio al ver que ya no permanecen envueltas en nubes de humo.
    El periodismo ha cambiado mucho en este siglo, pero quizás una de sus transformaciones más profundas ocurrió en silencio cuando un día abrimos las ventanas y dejamos entrar el aire fresco que, sin saberlo, llevábamos años buscando.