Caminar por la calle Hatun Rumiyoc a las seis de la mañana ofrece un panorama que los catálogos de viajes nunca muestran. A esa hora, el Cusco no le pertenece a los flashes ni a los itinerarios bilingües. Le pertenece al panadero que empuja su triciclo, a la madre que abriga a su hijo camino a la escuela y al comerciante que abre su puesto con la incertidumbre del día. Esta postal diaria nos recuerda una verdad incómoda: nuestra ciudad corre el riesgo de convertirse en un hermoso decorado si olvidamos a quienes le dan vida.
El turismo es, sin duda, el motor innegable de nuestra economía regional. Sin embargo, la dependencia absoluta de una sola actividad nos vuelve vulnerables y, a menudo, posterga las necesidades de los cusqueños de a pie. Mientras los distritos del centro histórico se saturan de hoteles boutique y cafés de franquicia, las periferias de la ciudad y las comunidades altoandinas siguen lidiando con brechas históricas en saneamiento, salud y educación. La reactivación económica no puede medirse únicamente en el número de pasajeros que aterrizan en el aeropuerto, sino en la calidad de vida de las familias en las provincias altas.
Ser la capital histórica del país nos exige una doble responsabilidad. Por un lado, proteger un legado arqueológico y cultural que es patrimonio de la humanidad; por el otro, gestionar una urbe moderna que exige transporte público eficiente, seguridad ciudadana y oportunidades para sus jóvenes. No podemos permitir que el Cusco se convierta en una ciudad expulsiva, donde vivir en el centro sea un lujo impagable para los propios cusqueños.
Las autoridades locales tienen el enorme desafío de diseñar políticas públicas con visión de futuro, alejadas del asistencialismo y el corto plazo. El desarrollo del Cusco debe ser integral, impulsando la agricultura local, la artesanía tecnificada y la educación de calidad. Necesitamos un crecimiento que rinda homenaje a nuestro pasado, pero que sobre todo asegure el bienestar de nuestro presente.
La piedra de los doce ángulos sigue firme, soportando el paso del tiempo y de la historia. Pero la verdadera fortaleza del Cusco no está en sus muros incas, sino en la dignidad de su gente. Es hora de que el progreso se sienta en cada rincón de la región, y no solo en las postales que vendemos al mundo.
El pulso de la piedra: El Cusco que late más allá del turismo
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